Aprender a esperar

MarshmallowHace más de 40 años, Walter Mischel, un psicólogo austríaco que trabajaba en la universidad de Stanford, en EE.UU., diseñó un test, como base de una investigación, que se ha convertido en todo un clásico en el estudio de la psicología. Es el test de los “marshmallows” o de las nubes de azúcar.

El test consistía en someter a niños y niñas de 4 años de edad, individualmente, a una situación en la que debían decidir si comer una de estas golosinas puesta a su disposición en ese momento o esperar 15 minutos a que volviera el investigador con otra golosina y poder comerse así ambas.

En su día, los resultados del estudio ya generaron mucha literatura, no sólo por los resultados que arrojaron (menos de un tercio de los niños eran capaces de soportar la espera), sino por las conductas que adoptaban los que intentaban resistirse y la relación que tenían con el tipo de personalidad.

Pero los resultados más sorprendentes de una segunda fase de esta investigación se dieron a conocer hace relativamente poco tiempo ya que los investigadores contrastaron aquellos resultados obtenidos en la primera fase con los resultados de unos cuestionarios que cumplimentaron quince años más tarde los padres de aquellos niños y con sus resultados académicos al finalizar el bachillerato.

Una de las conclusiones del estudio era que los resultados que obtuvieron en la primera fase de la investigación predecían mejor los resultados de los SAT’s incluso que el tradicional Cociente Intelectual (CI).

La explicación de este hecho era que los niños y niñas que, incluso ya de pequeños, eran capaces de controlar su voluntad para obtener un beneficio mayor en el futuro, fueron capaces de ser más perseverantes en el proceso de obtención de sus objetivos, y además, éstos eran más elevados.

Por cierto, y, dicho sea de paso, también se encontró que el valor del Índice de Masa Corporal (IMC) de los jóvenes que en su día no esperaron a poder comerse las dos golosinas, era significativamente mayor que los que sí esperaron. Es decir, los niños con menor autocontrol presentaban mayores índices de obesidad que los más pacientes.

Considero que la importante implicación que las conclusiones de este estudio tiene en el ámbito educativo debe hacernos reflexionar a padres y a profesores. Más aún, si consideramos cómo ha evolucionado el tipo de sociedad en la que vivimos y que además, según el último informe del Eurostat, España, con un 21.9% es el país europeo que lidera el abandono escolar (25.6% en el caso de los chicos y 18.1 % en las chicas). Hay que pensar que el principal motivo de este abandono es una falta de motivación debido a la no obtención de recompensas a un corto plazo.

Pensemos tan sólo en un hecho que constituye un buen ejemplo de cómo ha cambiado la sociedad en algunos aspectos: Hace unos cuantos años, cuando tan sólo existían dos cadenas de televisión, los que éramos unos niños, esperábamos pacientemente una larga semana para poder disfrutar de un sólo capítulo de nuestra serie de dibujos animados favorita. En la actualidad, nuestros hijos e hijas “tienen a su disposición” cualquier capítulo de cualquier serie en cualquier momento.

Horse

No caigamos en el error de pensar que, necesariamente, los que debíamos esperar esa larga semana éramos más pacientes que nuestros hijos y teníamos más capacidad de postergar las recompensas, ¿o sí?. En realidad no tiene mucho sentido plantear esta cuestión ya que, en lo que respecta a la televisión, era lo que había y no teníamos más remedio que aceptarlo.

Pero la realidad es que en la actualidad existe tal cantidad de estímulos atractivos y tanta facilidad para obtenerlos rápidamente que los educadores debemos plantearnos seria y concienzudamente esta cuestión.

¿Deberíamos, al igual que hizo Ulises en su viaje de regreso a Ítaca, atarnos al mástil para evitar sucumbir a los cantos de las sirenas o confiar en un trabajo de aprendizaje de autocontrol y tolerancia a la adversidad y perseverancia en el esfuerzo?

A priori, no parece que la primera opción, (evitar cualquier elemento que pudiera incluso distraer momentáneamente sea una buena solución ya que la sociedad en la que vivimos actualmente es la que es, pero, por otro lado, ha quedado demostrado que la paciencia, la perseverancia y el autocontrol son valores que debemos fomentar y transmitir.

Personalmente, siempre he sido un activo defensor de la gran capacidad que una Educación Física y una práctica deportiva bien orientadas tienen para fomentar estos valores y otros igualmente deseables, además de los evidentes beneficios que a nivel de desarrollo físico y social tiene la práctica de una actividad física en grupo.

En este sentido, encontramos que el papel del educador/profesor/entrenador es fundamental ya que dependiendo de su enfoque, puede, llegar a ser contraproducente en el sentido en que apuntaba anteriormente, por ejemplo, en el caso de que, en edades tempranas, se dirija única y exclusivamente hacia la consecución del rendimiento deportivo.

Por ejemplo, ¿qué valor puede tener la victoria de su equipo para un niño o una niña si siempre está en el banquillo porque “no es tan bueno/a” como sus compañer@s?

Aunque, tal y como afirma Javier Durán “No se trata de negar el valor del triunfo. Se trata que no sea la recompensa de la victoria el único motor de la práctica sino el disfrute real de la propia práctica deportiva”.

Como educadores, tenemos pues, la misión de conseguir transformar esa motivación extrínseca en intrínseca. Es decir, no sólo alimentar continuamente esa motivación en nuestros hijos/alumnos, sino también, educar esa voluntad y llegar a conseguir que no sea necesario el tener que proporcionar estas recompensas de forma continua sino que, además de que sean pacientes y tenaces en la consecución de los objetivos, también se disfrute del propio camino.

 

Víctor Ramón, Coordinador del Dep. de E.F. de Primaria.

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